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dimecres, 29 d’abril del 2009

Jamaica Style


Observe la tristesa que ens ha causat la mort de Javier Ortiz en diversos amics, en especial Aurora i Tur. És curiós com un columnista pot despertar tal simpatia i afecte entre els seus lectors i lectores. Anavem a escriure una carta al director però no sabem molt bé què dir. En fi...

dimarts, 28 d’abril del 2009

Ha mort Javier Ortiz


Entre aquest matí en internet i la trista notícia de la mort de Javier Ortiz, les columnes del qual venia llegint des de feia anys, primer en El Mundo i després al Público, m'impacta com una óstia en la cara. Amb Javier Ortiz es perd una referència del periodisme de qualitat i crític. Pot semblar un poc exagerat però què serà del periodisme sense Javier Ortiz quan ell era l'únic columnista que resistia anant a contracorrent en molts temes que el consens (constitucional, monàrquic, del lliure mercat) condemnava al silenci o al discurs únic.


Va deixar escrit el seu propi obituari (per a llevar-se el barret, com diu l'Aurora Mora):


OBITUARIO

Javier Ortiz, columnista

Falleció ayer de parada cardio-respiratoria el escritor y periodista Javier Ortiz. Es algo que él mismo, autor de estas líneas, sabía muy bien que sucedería, y que por eso pudo pronosticar, porque no hay nada más inevitable que morir de parada cardio-respiratoria. Si sigues respirando y el corazón te late, no te dan por muerto.
Así que en ésas estamos (bueno, él ya no).
Javier Ortiz fue el sexto hijo de una maestra de Irún, María Estévez Sáez, y de un gestor administrativo madrileño, José María Ortiz Crouselles. Sus abuelos fueron, respectivamente, un señor de Granada con aspecto de policía –lo que tal vez se justifique considerando el hecho de que era policía–, una señora muy agradable y culta con allure y apellido del Rosellón, un honrado y discreto carabinero orensano con habilidades de pendolista y una viuda de Haro casada en segundas nupcias con el recién mencionado, Javier Estévez Cartelle, del que se derivó el nombre de pila de nuestro recién difunto. Si algún interés tienen todos estos antecedentes, cosa que dista de estar clara, es el de demostrar que, en contra de lo que suele pretenderse, el cruce de razas no mejora el producto. (Obsérvese qué gran variedad de procedencias se puso en juego para acabar fabricando a un vasco calvo y bajito.)
La infancia de Javier Ortiz transcurrió en San Sebastián, ciudad que le venía muy a mano, porque nació allí. Se dedicó básicamente a mirar lo que había por sus cercanías, en particular el pecho de las señoras –ahora que ya está muerto podemos descubrir ese inocente secreto suyo–, y a estudiar cosas tan peregrinas como las ciudades costeras del Perú, de las que no logró olvidarse hasta su postrer respiro. Los jesuitas trataron de encauzarlo por el buen camino, pero él descubrió muy pronto que era comunista. Eso malogró del todo su carrera religiosa, ya de por sí poco prometedora, sobre todo desde que notó con desagrado el interés que algunos sacerdotes ponían en sus partes pudendas.
Su primer trabajo como escribidor, aparecido en una página del periódico del colegio, fue, curiosamente, una necrológica, con lo que cabría decir que su carrera como periodista ha resultado capicúa, singular circunstancia de la que muy pocos podrían presumir, aún en el improbable caso de que lo pretendieran.
A los 15 años, hastiado de las injusticias humanas –algunas de las cuales seguían teniendo como referencia obsesiva los pechos femeninos–, decidió hacerse marxista-leninista. Los años siguientes tuvo que emplearlos en averiguar qué era eso que acababa de hacerse, a lo que contribuyeron decisivamente algunos esforzados miembros de la Policía política franquista.
A partir de lo cual, se dedicó con gran entusiasmo a cultivar el noble género del panfleto. Sin parar. A diario. Año tras año. Fue cambiando de punto de residencia, no siempre por voluntad propia –ahí merecen especial mención sus estancias carcelarias y su exilio, primero en Burdeos, luego en París–, pero jamás varió su inquebrantable afán de agitador político, que él pretendía haber adquirido, por absurdo que parezca –y sea, de hecho–, en la lectura de Los documentos póstumos del Club Pickwick, de don Carlos Dickens, y de las Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Padarox, de don Pío Baroja.
Burdeos, París, Barcelona, Madrid, Bilbao, Aigües, Santander... Recorrió incontables sitios y holló innúmeros parajes sin parar de escribir, erre que erre. Zutik!, Servir al Pueblo, Saida, Liberación –y Mar, y Mediterranean Magazine– y El Mundo, y una docena de libros, y varias radios, y algunas televisiones... Por escribir, incluso escribió para otros y otras, ejerciendo de negro en momentos de particular penuria. También lo hizo a veces por amistad.
Movido por la lectura del Selecciones de Reader’s Digest y otras publicaciones estadounidenses tan aficionadas a ese género de operaciones, un día decidió calcular cuántos kilómetros cubrirían sus escritos, en el caso de colocarlos todos en una sola larguísima línea de cuerpo 12. El resultado de la estimación fue concluyente: ocuparían la tira.
En materia de amores (de la que sería injusto decir que careciera de alguna experiencia), también fue capicúa. Decía que las mejores mujeres, las más cariñosas y las más nobles con las que compartió sus días (sin desdeñar dogmáticamente a ninguna otra), le resultaron la primera y la última. Aunque la favorita le apareciera por medio: su hija Ane.
Y todo para acabar con algo tan vulgar como la muerte. Por parada cardio-respiratoria, como queda dicho. En fin, otro puesto de trabajo disponible. Algo es algo.
______
Javier Ortiz, escritor y columnista, nació en Donostia-San Sebastián el 24 de enero de 1948 y murió ayer en Aigües (Alicante), tras dejar escrito el presente obituario.
http://www.javierortiz.net/jor/apuntes/obituario

dijous, 27 de març del 2008

'El Museo de los Horrores'


[No puc resistir-me a reproduir -de nou- l'article de Javier Ortiz de l'edició d'avui (27/III/08) del diari Público]

Un grupo de vecinos de los distritos de Carabanchel y Latina de Madrid han puesto en marcha una petición pública para que una parte del recinto de la cárcel de Carabanchel, que fue cerrada ahora hace diez años y sigue sin tener un futuro claro, se convierta en centro de serena evocación de (y de homenaje a) la lucha contra el franquismo.

Me piden que respalde su iniciativa. Y lo hago, claro.

Cuando se decidió la clausura de ese Centro de Detención de Hombres –era su denominación oficial, creo–, no sé quién organizó una visita de ex presos supuestamente ilustres y me incluyó en la lista. Se trataba de que echáramos un último vistazo al sitio en el que habíamos estado encerrados. Acudí con más curiosidad que morbo, pero admito que al final me impresionó toparme con la que fue mi celda, en la segunda planta de la 3ª Galería.

Hace un par de días se cumplió el aniversario del día en el que el Tribunal de Orden Público (la Audiencia Nacional de entonces) decidió permitirme abandonar aquel lugar, dando por suficiente el tiempo que ya llevaba recluido.

A decir verdad, Carabanchel no fue, ni de lejos, la peor cárcel por la que pasé. Y eso que, bien a mi pesar, conocí unas cuantas: la de Martutene, cerquita de mi pueblo, y la de Salt, junto a Girona, y la de Lleida (“de presos mai n’hi manquen”, como dice la bella canción popular), y la Modelo (sic) de Barcelona, y la de Torrero, en Zaragoza, y la de Alcalá, y la de Burgos, y la de Ocaña… O sea, bastantes.

La de Carabanchel tenía el encanto de las grandes urbes: éramos muchos, y muy variados. Curiosamente, ninguno del PSOE. (Quiero decir del de entonces. Del de ahora, la tira.)

Podrá pareceros de coña, pero en aquel tiempo del que hablo, con el Caudillo más pa’llá que pa’quí, no se vivía nada mal en Carabanchel. Bromeábamos diciendo: “¡Esto sí que es paz! ¡Uno de los pocos sitios de España donde estás a salvo de la Policía de Franco!”.

Puestos a buscar una buena sede para un Museo de los Horrores del franquismo, habría sitios mejores. Por ejemplo, los sótanos de un cierto edificio de la Puerta del Sol, en Madrid, donde solían torturarnos. Pero parece que sigue ocupado.

Foto: Un preso en la ventana de su celda, en la séptima galería de la cárcel de Carabanchel
Autor: Uly Martín (publicada a la secció Enfoques de Diagonal nº71). La foto forma part de l'exposició 'Cárcel de Carabanchel: de la represión al olvido'.